Tuesday, December 13, 2005


No es tarea fácil elegir un nombre para algo ya que en el nombre reside una esencia en la cual subyace la mayor parte del significado de las cosas. Si bien, creo estamos de acuerdo en que el que una cosa se llame de una manera u otra no cambia los elementos específicos del objeto o idea abstracta. Es una idea muy platónica esta del nombre y del significado; por ejemplo, un objeto que se llama “mesa” ¿es “mesa” porque la llamamos así? Realmente no, tu puedes llamar a una “mesa” por el nombre de “coche” y sin embargo su esencia, utilidad y/o aspecto no va a cambiar en absoluto (¡¡¡ya podría pasar!!! tengo una mesita en cutre en salón que sería muy susceptible convertir en Audi A6…). Aún así, para mi entender, el nombre y el título que se le da a las cosas tiene una gran fuerza expresiva e importancia bajo mi punto de vista; más de una vez (y de dos) me he comprado un disco por el nombre del grupo o por los títulos de sus canciones (o por la portada, para qué lo voy a negar…), tiene una especie de atracción magnética que te hace simpatizar, en la acepción más espiritual de la palabra, con el elemento… después esta el resultado: a veces he tenido buena suerte y el disco en cuestión era una joyita y otras una gran mierda (que no lo tiraba porque siempre hay algún amigo incauto al que se lo puedes colar por 3 euros… jejejeje).

Otra demostración de la importancia del nombre la tenemos en nosotros mismos. Tú naces y cuando te quieres dar cuenta te están llamando “Pepíto” o “Fulanito” “¿¿¿¿Cómo???? ¿¡¿¡Pero como me puedo llamar yo “Fulanito”?!?! ¿Alguien me ha preguntado? ¡A mí que me devuelvan el dinero, oiga!” Pero nada, a uno le toca joderse en el caso de que no te guste el nombre impuesto y llamarte toda la vida de una manera que odies (otra es ir al registro, hacer mil papeleos y cambiártelo, pero tanto lío para eso como que no merece la pena ¿no?)… de ahí vendrán varios divorcios y rencillas familiares, de esos que fastidian la cena de Nochebuena; claro, que tú siempre te puedes vengar con tus descendientes (aunque sería un poco cabroncete por nuestra parte…). Lo que está claro es que en nuestra cultura los nombres son como los familiares, te tocan y no puedes ir a la tienda a que te lo cambien por otro. Yo no me puedo quejar: Ángel Alfonso… bueno… no me puedo quejar a excepción de que suena a culebrón venezolano que tira pa’ tras, pero como generalmente no suelo revelar el carácter compuesto de éste (a no ser que haya bebido un par de vinos de más o algún graciosote hurgue en mi DNI), me queda un “Ángel” bastante aceptable. No me puedo quejar, pero preguntadle a Anacleto, el frutero de la esquina, o a vuestro colega Agapito a ver que os dicen ellos…

Sin embargo, en otras culturas (que a veces resultan bastante más sabias que la nuestra), el nombre te lo tienes que ganar con sangre sudor y lágrimas. Uno no llega a ser “Nube Roja” o “Toro Sentado” así porque sí, eso has de currártelo tío. Los indios norteamericanos adquirían su nombre por méritos propios, tenía en sí un poder y una esencia mayor de la que nosotros le otorgamos a los nuestros; en el nombre indio va implícito un significado de lo que es la persona en sí. Ese nombre es la “esencia” del ser, no es un nombre que te eligen tus padres sino que es el nombre al que tu llegas, es el nombre que elige a su dueño… ¿Si no fuese tan importante esto, porque Norma Jean quiso crear el arquetipo de Marylin Monroe? ¿Por qué Stephen King escribió varios de sus libros bajo el seudónimo de Richard Backman? Pues alguna razón habrá…

Otro ejemplo, un ejemplo que a mí me resulta muy interesante, “El Volumen de la Ausencia” de Mercedes Salisachs; para ser sincero es un libro que no he leído en mi vida, de hecho no sé ni de que va, sin embargo es un libro que teniendo un poco de tiempo (qué importante es tener tiempo para hacer cosas…) estaría muy gustoso de leer ya que el nombre para mi gusto tiene una carga poética y una fuerza tremenda… ¡y son sólo cinco palabras! Pero no me neguéis que no dan ganas de leérselo con un título tan atractivo; después el libro puede ser mejor o peor o estar más o menos acorde con el título que se le ha dado pero la idea que me da el sujeto “Volumen” (“Magnitud física que expresa la extensión de un cuerpo en tres dimensiones” según la REA) relacionado con “Ausencia” (“Falta o privación de algo”) da una contraposición de términos muy, pero que muy suculenta.

¿A dónde quiero llegar exactamente? A mi elección de “El Frágil Arte de Existencia”, este nombre no vino por ciencia infusa, claro que no. Lo extraje de un maravilloso disco de Control Denied, “The Fragile Arto f Existente”. Como siempre Check Schuldiner (D.E.P) realizó unas letras realmente hermosas y duras, tan duras como es la realidad. Si nos fijamos en el nombre “El Frágil Arte de la Existencia” está proclamando una verdad casi absoluto: toda existencia es casi Arte, Arte de la Naturaleza, Arte de la Vida, Arte del Entendimiento, Arte del Sentimiento… Sentir es un Arte. Y todo Arte por una parte es fragilidad, delicadeza; sobretodo el Arte de la Existencia. Generalmente no lo pensamos pero nuestra existencia es tan efímera, somos tan débiles y estamos tan solos ante un Universo que nos supera, que nos engulle y que, sin embargo, nosotros creemos conocer. Qué panda de necios. Esa es la esencia que me gustaría poder concentrar en todo esto. Es la esencia de mi espacio, la “pequeña esencia de mí” representada en este nombre… Hablemos de Música, hablemos de Arte, hablemos de Sentimientos, comentemos algo de Filosofía, compartamos las cosas que para nosotros son importantes de este Frágil Arte de la Existencia.

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